mitologia.site
Mitología azteca

Tláloc, el dios azteca de la lluvia: mitos, Tlalocan y culto

Tláloc, el dios azteca de la lluvia: mitos, Tlalocan y culto

Tláloc es el dios azteca de la lluvia, el rayo y la fertilidad de la tierra: de él dependían las cosechas de maíz y, por tanto, la vida en el valle de México. Los mexicas lo veneraban en lo alto del Templo Mayor de Tenochtitlan, junto a Huitzilopochtli, y creían que desde su paraíso, el Tlalocan, enviaba tanto la lluvia buena como el granizo, las tormentas y las inundaciones.

¿Quién es Tláloc en la mitología azteca?

Tláloc era una de las divinidades más antiguas y queridas del panteón mexica. Su dominio era el agua que cae del cielo y la que brota de la tierra, y con ella todo lo que crece. Para un pueblo agrícola que vivía pendiente de la temporada de lluvias, pocas figuras eran tan decisivas: un año de buenas lluvias significaba maíz en abundancia; un año seco, hambre.

Pero Tláloc no era un dios únicamente benévolo. El franciscano Bernardino de Sahagún, que recogió en el siglo XVI los testimonios de los sabios nahuas, resume así lo que se creía de él:

«Tenían que él daba las lluvias, para que regasen la tierra, mediante la cual lluvia se criaban todas las yerbas, árboles y frutas y mantenimientos. También tenían que él enviaba el granizo y los relámpagos y rayos, y las tempestades del agua, y los peligros del río y de la mar». (Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, libro I, cap. 4)

Esa doble cara, la que da vida y la que destruye, define a Tláloc. Por eso se le pedía la lluvia con ofrendas y rituales muy elaborados, y por eso también se le temía.

El significado del nombre Tláloc

El nombre procede del náhuatl tlalli, «tierra». Los estudiosos no se ponen de acuerdo sobre su traducción exacta: se ha propuesto «el que está hecho de tierra», «el camino bajo la tierra» o, según el nahuatlato J. Richard Andrews, «el que yace sobre la tierra», una imagen de la nube que se apoya en las cumbres de las montañas. Todas las lecturas coinciden en unir el agua con la tierra y con los montes, que para los pueblos del Altiplano eran depósitos de agua.

Cómo se representaba al dios de la lluvia

Tláloc es uno de los dioses mesoamericanos más fáciles de reconocer. En esculturas, pinturas murales y códices aparecen casi siempre los mismos rasgos:

  • Anteojeras: grandes anillos alrededor de los ojos, a menudo interpretados como serpientes enroscadas.
  • Colmillos que asoman bajo un labio superior curvado, parecido a un bigote.
  • Color azul, el color del agua, en su piel, sus atavíos o su santuario.
  • Atributos como el rayo (a veces en forma de serpiente), mazorcas de maíz, recipientes de agua y nubes.

Entre los animales asociados a él figuran las serpientes, las ranas, los caracoles y conchas y el jaguar: en Teotihuacan, algunas imágenes del dios de la tormenta llevan dientes de felino, en relación con la idea del trueno como rugido del jaguar.

El Tlalocan, el paraíso de Tláloc

Según la cosmovisión mexica, el destino tras la muerte no dependía de cómo se había vivido, sino de cómo se había muerto. El Tlalocan era el paraíso de Tláloc, descrito como un lugar de primavera perpetua, verde y fértil, donde nunca faltaban el maíz, las calabazas ni las flores.

Allí iban quienes morían por causas relacionadas con el agua: los ahogados, los fulminados por un rayo y los que fallecían de ciertas enfermedades que se atribuían al dios, como la hidropesía, las llagas o la sarna. A diferencia de la mayoría de los muertos, que eran incinerados, a los destinados al Tlalocan se les enterraba, porque el propio dios los había elegido. Si quieres comparar este paraíso con otros destinos de ultratumba, tienes una visión de conjunto en qué es el inframundo en las distintas mitologías.

El Tlalocan también se situaba en los cielos: algunas fuentes lo colocan en uno de los estratos superiores del universo, y otras lo relacionan con el interior de los montes, donde se guardaba el agua.

Los tlaloques y la familia de Tláloc

Tláloc no trabajaba solo. Le ayudaban los tlaloques, pequeños dioses de la lluvia que vivían en las montañas. Las fuentes nombran a cuatro de ellos (Nappatecuhtli, Tomiyauhtecuhtli, Opochtli y Yauhtli) y los vinculan con los cuatro rumbos del universo, aunque en otros contextos se habla de muchos tlaloques, uno por cada monte.

La imagen más conocida los muestra con jarras llenas de agua: al romperlas o volcarlas producían la lluvia, y el estruendo de las vasijas al quebrarse era el trueno. En el Códice Borgia (lámina 28) aparecen regando campos de maíz con distintos tipos de lluvia, y solo una de ellas es beneficiosa; las demás traen fuego, hongos, viento o pedernales que arruinan la cosecha.

Chalchiuhtlicue, compañera de Tláloc

La compañera más citada de Tláloc es Chalchiuhtlicue, «la de la falda de jade», diosa de las aguas terrestres: ríos, lagos, manantiales y el mar. Si Tláloc gobernaba el agua que cae, ella regía la que corre. Algunas tradiciones le atribuyen una primera esposa, Xochiquetzal, diosa de las flores y el placer, aunque las fuentes no coinciden en este punto.

Tláloc y el Templo Mayor de Tenochtitlan

La prueba más clara de su importancia está en el centro de la antigua capital mexica. El Templo Mayor de Tenochtitlan era una pirámide coronada por dos santuarios gemelos: el del lado sur estaba dedicado a Huitzilopochtli, dios de la guerra y del sol, y el del lado norte a Tláloc.

La pareja no es casual. Huitzilopochtli representaba la guerra, el tributo y el poder del Estado mexica; Tláloc, la agricultura, el agua y el sustento. Juntos resumían los dos pilares de la sociedad: la conquista y el maíz. Los arqueólogos han documentado que el santuario de Tláloc se pintaba con bandas azules y blancas, mientras que el de Huitzilopochtli se asociaba al rojo.

Las excavaciones del Proyecto Templo Mayor, iniciadas en 1978, sacaron a la luz miles de objetos ofrendados en los dos lados del edificio. En el sector de Tláloc aparecieron vasijas con el rostro del dios pintadas de azul, conchas, corales y restos de fauna acuática, un testimonio material de su relación con el agua.

El monte Tláloc

Además del Templo Mayor, el gran santuario del dios estaba en la cumbre del cerro Tláloc, una montaña de unos 4.100 metros en el borde oriental del valle de México. En su recinto se conservan piedras que se han interpretado como representaciones de Tláloc y de los tlaloques, y hasta allí peregrinaban los gobernantes para pedir la lluvia antes de la temporada de siembra.

Los rituales y fiestas dedicadas a Tláloc

Buena parte del calendario festivo mexica, dividido en dieciocho periodos de veinte días, giraba en torno al agua. Varias de esas fiestas estaban dedicadas a Tláloc y a los tlaloques:

  1. Atlcahualo («cesa el agua»): a comienzos del año mexica, al final de la estación seca. Se pedía el regreso de las lluvias.
  2. Tozoztontli y Huey Tozoztli: en primavera, ligadas a la siembra y a las peregrinaciones al monte Tláloc.
  3. Etzalcualiztli: en plena temporada de lluvias, con ofrendas para asegurar el crecimiento del maíz.
  4. Atemoztli («bajada del agua»): en invierno, cuando se fabricaban figuras de los montes y de los tlaloques con masa de amaranto que después se «sacrificaban» y se comían.

¿Por qué se sacrificaban niños a Tláloc?

El aspecto más duro del culto a Tláloc es el sacrificio infantil, descrito con detalle por Sahagún en el libro II del Códice Florentino. Durante Atlcahualo y otras fiestas se sacrificaban niños en las cumbres de los montes y en el lago de Texcoco. Se les vestía como los tlaloques, y sus lágrimas durante el trayecto se interpretaban como anuncio de lluvias abundantes.

La arqueología ha confirmado estas prácticas: en una ofrenda del Templo Mayor excavada a comienzos de los años ochenta aparecieron los restos de al menos 42 niños, asociados al lado de Tláloc. Los estudios posteriores han señalado que muchos padecían enfermedades dolorosas, lo que encaja con la importancia ritual del llanto. Conviene recordar que las crónicas coloniales fueron escritas por los conquistadores y misioneros, pero en este caso las fuentes escritas y los hallazgos arqueológicos coinciden.

Tláloc en la Leyenda de los Soles

En la cosmogonía mexica, el mundo había pasado por varias eras o «soles», cada una destruida por una catástrofe. Según la versión más citada, la de la Leyenda de los Soles, Tláloc presidió el tercer sol, que terminó con una lluvia de fuego. Las fuentes discrepan en el orden de las eras y en quién gobernó cada una, pero coinciden en situar al dios de la lluvia entre los grandes protagonistas de las edades del mundo, junto a Tezcatlipoca y Quetzalcóatl, la serpiente emplumada.

Origen de Tláloc y sus equivalentes en Mesoamérica

Tláloc no fue una invención mexica. Un dios de la tormenta con anteojeras y colmillos ya era venerado en Teotihuacan muchos siglos antes de la fundación de Tenochtitlan, y su culto se extendió por buena parte de Mesoamérica. Los mexicas heredaron esa figura y la colocaron en la cima de su templo principal.

Entre los mayas, el dios de la lluvia equivalente era Chaac, que también portaba un hacha o rayo con el que golpeaba las nubes. Puedes situarlo en su contexto en el artículo sobre los dioses mayas y sus mitos, junto a otras divinidades como Kinich Ahau, el dios maya del sol o Kukulkán. Otros pueblos tenían sus propios nombres: Cocijo entre los zapotecos o Tajín en la costa del Golfo.

Fuera de América, la comparación más habitual es con los dioses del rayo del Viejo Mundo, como Zeus o Thor, el dios nórdico del trueno. La diferencia es importante: aquellos eran reyes o guerreros celestes, mientras que Tláloc es ante todo un dios agrícola, ligado al ciclo del maíz, a los montes y a las cuevas.

El legado de Tláloc en el México actual

La imagen de Tláloc sigue muy presente en México. El ejemplo más famoso es el monolito de Coatlinchan, una escultura de unas 168 toneladas que en 1964 se trasladó a la entrada del Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México. Se suele identificar con Tláloc, aunque algunos especialistas proponen que representa a Chalchiuhtlicue.

En muchas comunidades del centro de México se siguen celebrando ritos de petición de lluvia en cerros y cuevas, y el rostro de anteojeras y colmillos aparece en murales, logotipos y artesanías de todo el país.

Para entender del todo a Tláloc hay que mirarlo junto a su compañero de templo: la lluvia que alimenta el maíz y el sol que exige la guerra eran las dos mitades del mundo mexica. Si quieres conocer la otra mitad, empieza por la historia del nacimiento de Huitzilopochtli en el cerro de Coatepec.

Fuentes

  • Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España (Códice Florentino), libros I y II
  • Leyenda de los Soles (Códice Chimalpopoca)
  • Códice Borgia, lámina 28
  • José Contel, «Los dioses de la lluvia en Mesoamérica», Arqueología Mexicana, núm. 96
  • Proyecto Templo Mayor (INAH), ofrendas del lado de Tláloc
  • Mexicolore, God of the Month: Tlaloc

Preguntas frecuentes

¿Qué poderes tenía Tláloc?

Controlaba la lluvia y con ella la fertilidad de los campos, pero también el granizo, los rayos, las tormentas y las inundaciones. Por eso podía traer tanto la abundancia como la ruina de la cosecha.

¿Quién iba al Tlalocan?

Los que morían por causas ligadas al agua: ahogados, fulminados por un rayo y enfermos de ciertos males atribuidos al dios. A diferencia de otros difuntos, se les enterraba en lugar de incinerarlos.

¿Quiénes son los tlaloques?

Son los ayudantes de Tláloc, pequeños dioses de la lluvia que habitaban en los montes. Según el mito, al romper sus jarras de agua producían la lluvia y el ruido de las vasijas era el trueno.

¿Quién es la esposa de Tláloc?

La más citada es Chalchiuhtlicue, diosa de los ríos, lagos y manantiales. Algunas tradiciones mencionan antes a Xochiquetzal, diosa de las flores.

¿Cuál es la diferencia entre Tláloc y Chaac?

Son dioses equivalentes de la lluvia en dos culturas distintas: Tláloc en el centro de México (Teotihuacan y los mexicas) y Chaac entre los mayas. Comparten el papel agrícola y la asociación con el rayo, pero tienen iconografía y mitos propios.

Sigue leyendo sobre mitología azteca